
Acuñaba Ortega en 1921 al publicar su célebre España invertebrada, obra de enorme influencia en nuestra historiografía y punto de partida de ulteriores y resonantes polémicas, una frase que ha quedado para el recuerdo y que es “me duele España”.
No se pretende desde estas líneas revitalizar la propuesta orteguiana, para muchos políticamente incorrecta y sí rescatar parte de su espíritu, aquel que le impulsó a afirmar que "la vida española nos obliga, queramos o no a la acción política".
Y si me atrevo a rescatarlo, es porque casa bien con el sentimiento que ya desde hace un tiempo se va gestando en mi interior, y que hoy creo ya que es conveniente que exprese aquí desde esta tribuna: y es que efectivamente, a mí ME DUELE EL CAI.
Me duele porque no puedo soportar, hoy, aclaro, y no creo que sea un matiz baladí, en el quinto proyecto, no puedo, insisto, contemplar a mi equipo en el último lugar de la tabla clasificatoria de la liga española de baloncesto.
Porque yo sí creo en la unidad del concepto, con independencia por tanto del proyecto, del CAI. Y por eso revivo aquí en este contexto, al ilustre catedrático de metafísica, porque creo que como yo, muchos nos hemos dejado la garganta la ilusión y el corazón en el príncipe Felipe, en el huevo o en el pabellón de la Cazar, y hemos paseado con orgullo el nombre de un equipo ganador allá donde hemos viajado. Y todo ello en el pasado y en la actualidad, movidos por una misma unidad de acción.
Porque para muchos como yo, el baloncesto no es un acto social del viernes por la tarde al que acudir con nuestras familias, sino un sentimiento, un impulso, un anhelo ganador, que durante más de cuatro años hemos mantenido a raya por exigencias de la cordura, de la paciencia y de confiar en quienes no nos olvidemos, y ese mérito hay que reconocerlo, nos devolvieron el baloncesto.
Pero ya no puedo más, porque esa unidad del CAI que sostengo en este momento, debería proporcionarnos tras cuatro años de lucha, un equipo capaz de sostener la manida y tristemente célebre presión, y literalmente arrasar en esta liga y conducirnos sin solución de continuidad al lugar del que nunca debimos salir: la liga ACB.
Pero no arrasamos, y no somos Atila, porque entre muchos otros factores no hemos sido capaces (e incluso me atrevo a usar el plural) de apostar por una continuidad real, cierta e independiente de filias y de fobias personales.
Porque comenzar cada año de cero, y así tristemente ha sido pese a que muchos defiendan desde sus púlpitos mediáticos la presencia de Don Alfredo ininterrumpidamente en el proyecto, cuesta, y exige paciencia, y fe en los nuevos rectores, y constancia y, y, y….
Y ya no puedo más.
Y no puedo más porque quiero un CAI ganador, y que mis amigos no aficionados no se dirijan a mí en el mes de mayo, año tras año, con una mal disimulada sonrisa preguntándome qué ha pasado.
Porque quiero ver a Unicaja, al Barcelona o al Joventut.
Porque los viernes ya me iré al cine.
Y aquí, desde la soledad de la tercera derrota consecutiva, pido una reacción, un cambio, un estímulo, un cambio de timón definitivo, que de nuevo me haga alardear con gallardía los colores de mi corazón rojillo.
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